Feminismo y autocuidado

El feminismo sigue vigente porque el patriarcado sigue atravesándonos e impregnando la vida de hombres y mujeres tanto de manera explícita como de formas más sutiles.

La cultura patriarcal*, es como una mochila llena de piedras que todas las personas llevamos a nuestras espaldas. Nos dice lo que tenemos que sentir o no sentir, pensar o no pensar, hacer o no hacer en nuestros diversos roles: niña, mujer, esposa, madre, profesional. Así pues marca nuestro comportamiento tanto en el ámbito público como  en el privado.

Como es parte de nuestra cultura, es como un guion que nos enseñan, lo enseñamos, lo aprendemos, lo interiorizamos y luego ni nos lo cuestionamos, pues no somos conscientes de que es una construcción social.

Una de las cosas que hemos interiorizado es que el cuidado está ligado a lo femenino. Cuidar de los otros sigue siendo un mandato social para las mujeres.

El cuidado tiene una parte visible y de la cual habitualmente se habla. Los datos lo confirman: según estudios realizados entre el 2016 y el 2017 en España más de un 80% de las personas que solicitan excedencia para cuidar a menores y mayores son mujeres, el 82% de las cuidadoras  de personas mayores son mujeres, la mayoría conyugues o hijas entre los 45 y 65 años. Pero más allá del cuidado en el ámbito privado, las mujeres también nos dedicamos a ello en el ámbito profesional. Aún sigue siendo muy alto el porcentaje de mujeres que escogen carreras profesionales enfocadas al cuidado: magisterio, educación, psicología, enfermería, etc.

Esto que es la cara visible del desequilibrio del cuidado, en la actualidad en la sociedad al menos hay una voluntad para que cambie. Basta mirar las campañas para favorecer la corresponsabilidad en el ámbito familiar o aquellas que buscan que las niñas escojan caminos mayormente transitados por hombres tales como la ciencia y la tecnología (libros, anuncios, dibujos animados, etc).

Sin embargo hay una parte invisible en el tema de los cuidados de la que aún no se habla mucho y que tiene que ver con el hecho de que  a pesar de que las mujeres acabemos compartiendo con los hombres el cuidado explícito de los otros,  seguimos manteniendo el monopolio a nivel psíquico, seguimos manteniendo el control de los cuidados.

Para explicarme podré un ejemplo: visualicemos a una pareja  que comparte el cuidado de los hijos. Un día ella decide salir a encontrarse con amigas. ¿Qué pasa? mantiene el control del cuidado en el antes, el durante y  el después  de la salida. Con antelación prepara con detalle todo lo que cree que puede resultar imprescindible para que los niños estén bien (antes), cuando sale de casa sigue pensando en si habrá dejado todo en orden y aunque lo intenta, le resulta difícil desconectar de lo que puede estar pasando en el hogar, por no hablar de la culpa que puede llegar a sentir por el hecho de haber salido a disfrutar mientras que “abandona” a su familia (durante). Finalmente cuando llega a casa se asegura de que todo esté en orden y de que todo haya ido según el guion que ella había establecido (después). ¿Y el hombre?, ¿cuando decide salir con sus amigos, hace lo mismo? Creo que la respuesta en la mayoría de los casos sería no. Los hombres defienden más su espacio de ocio, son capaces de desconectar de la escena familiar y en su mayoría delegan el control a las mujeres.

Todo esto nos lleva a pensar que tanto el plano visible del cuidado, como el plano invisible o más sutil que tiene que ver con el control  está haciendo que las mujeres descuidemos algo esencial para nuestra salud y nuestro bienestar: el autocuidado.

Esto se está haciendo visible de la siguiente manera:

  • Es evidente que las mujeres hemos salido del espacio privado al espacio público pero en cambio los hombres no han entrado de igual manera o al menos con la misma fuerza al espacio privado, con lo cual las mujeres asumimos una doble o triple jornada y tenemos más sentimientos de culpa, a la vez que nos auto exigimos más.
  • Las mujeres tenemos unos niveles más altos de estrés, más dolores crónicos y patologías cardiovasculares.
  • Las mujeres dedicamos menos horas al descanso, al ocio, a situaciones que nos resulten placenteras.
  • Las mujeres nos estamos descuidando, no nos estamos restaurando y nutriendo y acabamos enfermando.

¿Qué podemos hacer frente a esta situación?

Ya que se han lanzado varias propuestas a nivel social para equilibrar la cara visible de los cuidados, por eso aquí me voy a enfocar en la cara más sutil del control y que sobre todo tiene que ver con cosas que podemos empezar a hacer hoy nosotras mismas.

Creo que es necesario que las mujeres tomemos consciencia de que para lograr cuidarnos tenemos que empezar a SOLTAR. Dejar de asumirlo TODO, dejar de pensarnos y sentirnos indispensables, dejar de evaluarnos por lo que hacemos, dejar de presionarnos por lo que no hacemos.

Soltar es también CONFIAR en las capacidades del otro. En la responsabilidad del otro, en su adultez. Cuando consideramos al otro una persona tan capaz y responsable como yo, entonces somos capaces de dejarle espacio para organizar, planear y después ejecutar a su manera, aunque ésta no sea la que nosotras consideramos la correcta.

Ser honestas con nosotras mismas. Aprender a definir que es aquello que hago por el peso del rol, por el deber ser, porque creo que me toca a mí, “porque si no lo hago yo no lo hace nadie”, o porque los otros no lo harán bien. Y una vez identificado definir lo que creo que me corresponde realmente, aquello de lo estoy dispuesta a hacerme cargo porque me hace bien, porque estoy dispuesta a hacerlo con agrado.

En ese sentido soltar no es despreocuparse, sino aprender a negociar, desde la escucha de nosotras mismas y la seguridad de que el otro (varón) es capaz de asumir la parte que le corresponde.

Y con todo ello, seguramente, ayudaremos a construir socialmente una nueva masculinidad, en la cual el cuidado tenga lugar, en donde gestionar los cuidados sea un lugar conocido para los hombres y que sea valorado por la sociedad en su conjunto.

Soltar para empezar a cuidarnos

Y una vez que aprendamos a soltar entonces empezamos a liberar espacio, tiempo y energía para nuestro disfrute, nuestro placer. Aprenderemos a vivir más ligeras, estando donde y con quien queremos estar, desde la responsabilidad y la decisión consciente.

Empezaremos a ver la importancia de nutrirnos, a partir de saber bien que es aquello que nos gusta hacer, nos restaura y aprenderemos a integrarlo en nuestro día a día.

Sólo así conseguiremos defender nuestro espacio personal y de ocio como lo hacen los hombres, sin sentir culpa, sin juzgarnos a nosotras y a las otras.

Para acabar te propongo unas preguntas para que acabes de reflexionar sobre todo esto y quizá te animes a empezar a hacer cambios:

  1. ¿Qué hábito o actividad estoy haciendo por el peso del rol o por mantener el control y hoy quiero soltar?
  2. ¿Qué consecuencias tiene en mí no soltar ese hábito o actividad?
  3. ¿Cómo lo soltaré concretamente?, ¿Qué haré a partir de ahora para soltarlo?
  4. ¿Qué es importante para mí y no estoy haciendo?
  5. ¿Identifica tres actividades que te generen placer, con las que realmente disfrutes?
  6. Plantéate un compromiso de acción:

A partir de hoy me comprometo a dejar de ___________________________________

_____________________________________________________________________

Porque_______________________________________________________________

Y con ello tendré tiempo y energía vital para hacer ____________________________

Ya que es algo que disfruto, me nutre y me hace sentir bien.

 

Y como siempre te animo a dejar tus comentarios de este articulo. Tu opinión me resulta muy valiosa!

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